28 de abril de 2008

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Imagen: Cisne. Acrílico sobre cartón, 2006.
Julio Torres Lara.

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21 de abril de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2001-2007. El agregado de la lectura

En esta ocasión, Lourdes Hernández Quiñones se une al blog y nos ofrece una análisis puntual sobre el eje seis del Programa Nacional de Cultura, nombrado Esparcimiento Cultural y Lectura. Bienvenida, Lourdes, y que sea la primera de muchas más.

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Al revisar el Programa Nacional de Cultura 2007-2012 es inevitable dirigirse al prefacio y la introducción que allí se formulan, aunque el interés se dirija a lo relativo al fomento a la lectura. Claro, las palabras ocupan un buen espacio cuando se habla de patrimonio cultural. El gobierno federal no oculta su interés especial por este tema, principalmente cuando tiene que ver con el turismo.

En el prefacio se hace mención-ya de pasadita-de la importancia del fomento a la lectura, puntualizando que las carencias en este sentido no son responsabilidad de la escuela, ni de las “políticas editoriales y bibliotecarias gubernamentales puestas en práctica hasta ahora”. ¿Entonces quién es responsable de que existan todavía hoy más de 4 millones de analfabetas en el país? En fin, como para lavarse las manos, se menciona en el documento que cada vez es más urgente la participación comprometida de la familia y la sociedad. Claro que ésta sería parte de la solución: la lectura en casa, con la familia; sin embargo, la mayoría de los hogares en México no cuenta siquiera con un libro. ¿Así pues, por dónde empezar?

Ocho son los ejes de la política cultural definidos en este programa. El que tiene que ver con el libro y la lectura ocupa el sexto lugar y lleva por nombre Esparcimiento cultural y fomento de la lectura. Es curioso, porque al iniciar la exposición se habla de que la cultura debe tener una presencia más intensa en el tiempo recreativo de los mexicanos. ¿Cuál cultura? Creo que parte de los desaciertos y omisiones del Programa Nacional de Cultura 2007-2012 está en considerar la cultura desde un punto de vista tradicional, lo que reduce su significado. Lo anterior podríamos argumentarlo al sostener que el deseo de este programa se cumple, cuando la mayoría de la población invierte su tiempo de ocio en la cultura que se transmite cotidianamente a través de los medios de difusión masiva: la radio, la televisión. Es decir, a través de las industrias culturales. ¿Ésta es toda la cultura que el gobierno federal desea para sus ciudadanos?

Desde que se introduce al eje 6, da la impresión de que la lectura fue un concepto del cual se acordaron los hacedores del programa y consideraron que el único lugar donde podría entrar, sería el del esparcimiento cultural.

Para sustentar sus objetivos y estrategias, se hace referencia a los indicadores resultantes de la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumo Culturales que arrojan información tal como la existencia de 600 librerías en todo el país; la lectura promedio de 2.9 libros al año y la realidad de que uno de cada cuatro habitantes no tiene libros en su casa ni ha visitado una librería. Así, se concluye que la lectura de libros de literatura es más frecuente entre la población con estudios universitarios y niveles socioeconómicos más altos. ¿Qué propone el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ante tal problemática? El objetivo específico establece: “Situar a la lectura y al libro como elementos fundamentales para el desarrollo integral de la población, para su educación, su acercamiento a las expresiones de la cultura y el desarrollo de una conciencia crítica, diseñando programas y estrategias para la formación de lectores, y de vinculación de la educación formal con el fomento a la lectura”. En este sentido se propone revisar el programa Salas de Lectura para optimizar su funcionamiento; aprovechar la radio y la televisión para difundir programas, cápsulas y promocionales que fomenten la lectura; aprovechar la Red Nacional de Bibliotecas y las librerías como lugares estratégicos para el promover la lectura…ni una palabra en torno a cómo la familia podría involucrarse en esta tarea…

Claro, una sola acción no es la solución. Pero la suma de varios agentes sí puede ser determinante. Falta, pues, que el gobierno federal asuma que tanto el esparcimiento cultural como la lectura, tienen sus raíces en el hogar. Un niño que se acostumbra a ver libros, a asistir a conciertos, obras de teatro y talleres, se apropia de la cultura y la vive con naturalidad, no la siente como algo extraño. Lamentablemente es un factor con poca atención. Habrá que considerar, asimismo, en lo referente al consumo cultural, no sólo las cifras y porcentajes, sino factores sociológicos, antropológicos, que condicionan dicho consumo. ¿Por qué la gente prefiere comprar libros en los puestos de periódicos, en los supermercados? ¿Por qué las librerías, los teatros, se ven como recintos prohibidos para un amplio sector de la población? Ojalá los gobiernos estatales diseñen estrategias con imaginación. No bastan leyes de fomento al libro y la lectura si se quedan en el papel. La complejidad del compromiso con el desarrollo social y su vinculación con el fomento a la lectura es ya inaplazable.

14 de abril de 2008

Intermedio



Imagen: Kgakilhtamakú (La bóveda celeste). BEATRIZ LEAL (Cerro Azul, Ver.)
Instalación orgánica en Cumbre Tajín 2007, Papantla, Veracruz. México

7 de abril de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2001-2007. Cultura y Turismo

Dentro de los distintos apartados que constituyen el Plan Nacional de Cultura 2007-2012, se aprecia un especial interés por darle visibilidad (y en principio encontrar soluciones) a un problema estructural derivado de la verticalidad inherente a nuestro sistema político: la falta de coordinación entre los tres niveles de gobierno y los actores locales en la puesta en marcha de proyectos. El Eje 7 del Plan, nombrado Cultura y Turismo, no es la excepción.

Este apartado, dedicado a uno de los temas que mayor relevancia tiene hoy en día al hablar de beneficio material derivado de la acción cultural, posee la virtud de enumerar los riesgos que se corren cuando se proyecta una política que pretende equilibrar el plano de lo económico con el plano de lo simbólico. Se reconoce que la relación entre ganancia y preservación del patrimonio no es tersa sino más bien de enfrentamiento, que la importancia del sector no ha conseguido afirmarse (apenas el 5.5% del turismo nacional y el 3% del turismo extranjero) y que el papel que ha jugado el CONACULTA, a través de la Coordinación Nacional de Patrimonio Cultural y Turismo (creada en 2001), no ha sido del todo eficaz. El texto de este apartado menciona que no ha habido delimitación de las funciones correspondientes a la Coordinación, y que ésta carece de una integración formal de sus actividades con el resto de las entidades que conforman el Consejo. Al mismo tiempo, y si leemos con ojos suspicaces, se admite que existe una cierta esquizofrenia en la personalidad misma de la Coordinación dado que parte de sus actividades debe de armonizarse con el trabajo de la Secretaría de Turismo, mientras que por otra parte sus trabajos se dirigen hacia organismos culturales (de lo cual se infiere que los objetivos no han sido concordantes).

En este listado de riesgos y fallas, resulta en cierto modo sorpresivo constatar que, al igual que en otros apartados del Plan, el Instituto Nacional de Antropología e Historia recibe una fuerte crítica al no poder cumplir con el rol del juglar que mantenga el equilibrio con todas las pelotas, puesto que la entidad debería –según la visión que ofrece el documento- negociar la promoción y el uso del patrimonio entre los distintos actores: “la coordinación de esfuerzos y recursos en materia turística por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia con los tres niveles de gobierno ha sido errática, parcial e insuficiente, pues si se parte del enorme potencial de nuestra riqueza cultural, habría que reconocer que no se ha sintonizado con la formulación de políticas de promoción y capacitación adecuadas.” Crítica que parece injustificada, si tomamos en cuenta que el INAH, pese al carácter de garante del patrimonio que ostenta en la Ley Orgánica que lo rige, no posee capacidad jurídica para generar líneas de acción destinadas a la promoción turística, aun si en los últimos tiempos se ha acondicionado un área destinada a los “paseos culturales”, suerte de circuitos turísticos que se promocionan bajo la línea del llamado Nuevo Turismo Cultural del INAH: http://www.inah.gob.mx/mener/index.php?contentPagina=9

Todo este mea culpa lleva a pensar que existe una serie de deslizamientos conceptuales, siendo el más importante de ellos el que homologa Patrimonio con Bien Cultural. Como ya se había mencionado en el post anterior de este blog, al parecer la lectura que se hace sobre el Patrimonio parece estar dirigida hacia el conservacionismo y la preservación, a la memoria materializada, sin tomar en cuenta la emergencia de nuevas formas de acción cultural que son susceptibles de crear contenidos asimilables a su vez por el turismo. Como lo ha mencionado Ana Rosas Mantecón, se está dando lugar a una verdadera “industria del patrimonio”. Por supuesto, como ella misma lo afirma en un artículo publicado en el libro Retos Culturales de México frente a la Globalización, no todas las expresiones culturales son apreciadas de la misma forma, ni están de la misma manera disponibles para todos. Por ello, el Patrimonio juega un papel fundamental en la nueva promoción turística, dado que los sitios arqueológicos, las construcciones históricas, los museos y aun las representaciones folclóricas permiten un juego de escenificación fácilmente accesible para un consumidor medio. Sin embargo, en muchos países las expresiones populares –algunas veces asimiladas al Patrimonio Intangible- (festividades, música y danza) y la creación contemporánea (contenida y/o representada en museos, galerías y teatros) forman parte de los bienes culturales promovidos en la oferta turística. El Patrimonio es observado, desde el texto que nos interesa, como un “recurso no renovable”, lo cual excluye, a priori, las manifestaciones en vías de creación.

Por otra parte, cuando se habla sobre la falta de coordinación entre los niveles de gobierno y los actores locales para generar proyectos, se afirma que esta negociación es necesaria, por supuesto, para lograr “mayores oportunidades de desarrollo”. El problema radica en que, si lo que se pretende es luchar contra la pobreza en zonas que gozan de “alto valor cultural”, lo que se está proponiendo es una relación lineal entre prestadores de servicio y consumidores de servicio. Dentro de los objetivos y las estrategias de este Eje, encontramos propuestas como el fomento y desarrollo de productos culturales, la sensibilización de los actores locales hacia el turismo, la generación de manuales de capacitación, la difusión en grandes medios de comunicación y la creación de guías de turismo adaptadas. Nada de esto suena mal, salvo por el hecho de que estamos hablando de contenidos simbólicos y de diferencias, en ocasiones abismales, entre las regiones y sus modos de vida. La falta de coordinación entre los actores institucionales, y las comunidades conlleva el riesgo no solamente de volver ineficaz un proceso productivo, sino también de generar tensiones al interior de los grupos locales. Cuando se objetiva una manifestación, o se le da preferencia a un “lugar de memoria” sobre otro, en función de su valor de uso turístico, esto probablemente origine conflictos y/o nuevas formas de disparidad entre los habitantes de una región. No existen recetas mágicas contra esto, pero la mera capacitación de los habitantes de un sitio susceptible de devenir turístico no paliará el impacto que pueda tener una mala planeación carente de definición sobre lo que las comunidades pueden y quieren gestionar de su propio patrimonio.

En el Eje 7 del Plan Nacional de Cultura se incluyen como estrategias la promoción del respeto a las formas de vida originarias, y a la participación activa de las comunidades: creemos que estas dos frases, tan simples e ingenuas, deben constituir la base de una política de Turismo Cultural que se extienda hacia la autogestión con base en el diagnóstico que los mismos actores locales puedan realizar sobre sus bienes culturales. De esta forma, la articulación entre los agentes institucionales podrá traducirse, ahora sí, en apoyos verdaderamente productivos.

Ps.
Pensando en la valoración de la riqueza cultural, en el disfrute de los habitantes locales de su propio patrimonio, y en la apreciación que tienen los turistas sobre este mismo patrimonio, reflexionemos: ¿qué pasa con el Carnaval de Veracruz?

31 de marzo de 2008

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Imagen: Serie Agua Salada 1999-2001, Guillermina Ortega, Técnica Mixta.

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25 de marzo de 2008

Nota: Abriendo el diálogo

Hace algunas semanas, en el blog del Observatorio de la Sociedad de la Información, se publicó un post con el título "Una mirada ingenua al Programa Nacional de Cultura 2007-2012" en el que se comentaban las dos primeras entregas que nuestro blog publicó sobre el Programa Nacional de Cultura: http://osiuv.blogspot.com/2008/02/una-mirada-ingenua-al-programa-nacional.html

Nuestro blog se caracteriza por no tener la inmediatez con la que se postea la información. Lo nuestro es más bien un ejercicio de publicación quincenal en el que pretendemos reflexionar sobre temas que consideramos pertinentes abrir a debate acerca de las expresiones culturales y su presentación en el espacio público.

Respecto a lo editado por el Observatorio de la Sociedad de la Información, creemos necesario precisar que las últimas entregas han estado dedicadas al Programa Nacional de Cultura que se publicó a finales del año pasado, específicamente a los ocho ejes rectores del programa. Creemos que hay que mirar cuidadosamente, punto por punto, para analizar las propuestas tanto del aparato gubernamental, como de los creadores culturales y del público para no caer en el debate estéril y la crítica fácil. Creemos que la reflexión debe encaminarse a desenmascarar las prenociones generadas en todos los bandos (nosotros incluidos) para proponer bases de construcción en conjunto.

Por eso, agradecemos enormemente la lectura que el Observatorio de la Sociedad de la Información hace sobre nuestros piensos, invitamos a que se lean los post anteriores, y los posteriores, a la publicación que los colegas leyeron, y dejamos la puerta abierta para futuros intercambios, sólidos y generosos.

24 de marzo de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2001-2007. Patrimonio y diversidad cultural

La primera observación que suscita el apartado “Patrimonio y diversidad cultural” del Programa Nacional de Cultura 2001-2007 tiene que ver precisamente con su denominación y estructura. Apenas se avanza en la lectura, se advierte que el tema central de dicho capítulo es la conservación del patrimonio cultural de la nación, tanto el tangible como el intangible. Siendo ese el asunto, la inclusión del término “diversidad cultural” en el título se antoja contraria a la riqueza de dicha denominación, al sugerir un tratamiento eminentemente conservacionista de una idea compleja, que comprende no sólo al patrimonio cultural en su conjunto sino, además, a los mecanismos y las circunstancias que posibilitan su reproducción y fortalecimiento.

Según la declaración y los convenios suscritos por el gobierno mexicano, la diversidad cultural debe considerarse como un mecanismo para, entre otras cosas, reducir la pobreza y alcanzar la meta del desarrollo sostenible. Conviene recordar al respecto que, para la UNESCO, la diversidad cultural es “una fuerza motriz del desarrollo, no sólo en lo que respecta al crecimiento económico, sino como medio de tener una vida intelectual, afectiva, moral y espiritual más enriquecedora.”. Poco de ello aparece en el Programa, que se limita a proponer estrategias para la preservación patrimonial, sin ligarlas claramente a un proyecto de desarrollo económico o social.

Debe reconocerse, no obstante, que este tramo del programa incluye un diagnóstico bastante objetivo de los problemas y limitaciones que enfrentan las instituciones gubernamentales encargadas de proteger y conservar el patrimonio cultural de la nación. Especialmente claro resulta el análisis que se hace de los problemas que aquejan al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El dictamen es tan severo que obliga al lector a recordar las muchas empresas que el Instituto ha llevado a cabo con ventura a lo largo de su historia y la importante función que ha cumplido como investigadora, protectora y difusora del patrimonio cultural, pese a sus evidentes limitaciones y su acendrado verticalismo.

La medicina que se receta en el Programa como remedio para los males consignados apunta en la dirección correcta, ya que se hace énfasis en la importancia de una adecuada coordinación con los organismos estatales y municipales, al grado de que, hasta donde recordamos, Conaculta concede, por primera vez la posibilidad de compartir con los gobiernos estatales partes importantes de las responsabilidades que hasta ahora ejerce en exclusiva.

Desde luego, tal ruta es posible. El exitoso funcionamiento del Museo de Arqueología de Xalapa y el importante trabajo de rescate, investigación y difusión del patrimonio arqueológico de nuestra entidad que la Universidad Veracruzana lleva a cabo desde hace décadas en coordinación con el INAH son una muestra de que los estados pueden hacerse cargo de sus valores patrimoniales, cuando los criterios vigentes son de orden científico y los valores que los rigen son el rigor y la disciplina y no la demagogia y la superficialidad.

En todo caso, es cierto que, como lo postula el Programa, la situación demanda que el INAH armonice sus políticas de regulación del patrimonio en toda la república. Ello permitiría, por ejemplo, que los estados y los municipios cooperaran de manera importante en las tareas de registro de los bienes inmuebles, que es el primer paso para su adecuada protección; sólo que para ello es necesario que las diversas dependencias del Consejo se pongan previamente de acuerdo y definan con claridad los modelos de ficha de registro y otros instrumentos y normas básicos, a fin de que los demás órdenes de gobierno puedan participar provechosamente en dicha tarea.

Por lo que hace a la conservación del patrimonio intangible, Conaculta refrenda su intención de continuar alentando a las manifestaciones de la cultura popular, principalmente la indígena, por medio de programas de apoyo como el PACMyC, hasta ahora tan importante, pese a que ha empezado a dar muestras de fatiga por el clientelismo que ha generado a lo largo de los años y el serio problema que significa la poca e inadecuada difusión de sus resultados, generalmente valiosos.
En este punto resulta alentador que el Consejo reconozca la necesidad de “superar actitudes paternalistas” que tanto daño han hecho en las comunidades y tanto han originado la renuencia a colaborar por parte de las instancias estatales y municipales de cultura. Como siempre, queda claro que el acercamiento a las comunidades debe darse de una manera franca y respetuosa y que la cultura popular no tiene otro dueño que los actores sociales que cotidianamente la crean y recrean.

En síntesis, cabe expresar que en materia de protección del patrimonio cultural mexicano, tan rico y diverso, el gobierno federal requiere el apoyo de los otros órdenes del gobierno, de la sociedad civil y de la comunidad internacional, para llevar a cabo sus propósitos. Ojalá se establezca el concierto de voluntades que ello demanda. Lograr dicho acuerdo sería, sin duda, el logro más importante de la presente administración cultural en este campo.

17 de marzo de 2008

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Imagen: Tempestad en armonía. Luvin Morales. Collage digital - Técnica original. 2008

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10 de marzo de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2007-2012. Las Industrias Culturales.

Según la definición de la UNESCO utilizada en el Programa nacional de Cultura 2008-2012 “las industrias culturales son aquellas que combinan la creación, producción y comercialización de contenidos culturales e intangibles por naturaleza, protegidos por los derechos de autor y que pueden tomar la forma de bienes y servicios.” Cabe mencionar, que este sector que tiene un amplio apoyo en la tecnología de la información ha demostrado no solo ser un excelente y expedito vehículo de contenidos culturales, pero también un generador de riqueza y posible productor de bienestar social.

Entre las expresiones principales se encuentran las industrias de la radiodifusión, la música, la editorial, la cinematográfica, la audiovisual y el diseño, un determinado sector de las artes escénicas y los espectáculos y algunas otras empresas no de carácter industrial pero si de corte cultural, como el turismo cultural, las artes plásticas y las artesanías.

Las industrias culturales se sitúan en el ámbito de la producción y el comercio cultural, y según las propias palabras del programa es “un sector que ha tendido a quedar al margen de las políticas culturales o en el que la intervención del Estado ha operado en forma casuística, ocupado más en problemáticas o situaciones particulares y menos en la formulación de un política integral y articulada”. Aunque las propuestas se dividen por sector, las propuestas básicas para cada sector son tres: fortalecer la propuesta estatal, promover la creación de más industria cultural y regular su funcionamiento.

Las propuestas inicial que incluyen fortalecer el trabajo interno de las empresas culturales a su cargo; como serían IMCINE, Canal 22 y Radio Educación, es una tarea realizable a pesar de que el área de influencia de estas industrias son muy reducidas y solo llegan a públicos muy específicos. En cuanto al segundo punto se refiere, desde hace un tiempo se están desarrollando esquemas para apoyar producciones culturales que tienen pocas posibilidades de desarrollo en el mercado abierto. Estos trabajos son generalmente de poca envergadura y funcionan únicamente al nivel de apoyos, sin embargo existen; lo cual ya es una ganancia.

Sin embargo, las propuesta que hoy nos ocupa es la de que las instituciones estatales tengan mayor incidencia en los criterios utilizados para la producción y distribución de la oferta cultural propuesta por este sector empresarial. A pesar de que a nivel internacional, el desarrollo de las industrias culturales ha demostrado que son una fuente importante para el desarrollo sustentable de los pueblos, en nuestro país ha sido solo en años recientes que se ha considerado a este sector como una importante fuente de ingresos y desarrollo para el país. El estudio ¿Cuánto vale la cultura? realizados por Ernesto Piedras (2004) calculan que este sector contribuyó en 1998 con un 6.7% del Producto Interno Bruto y con un 7.3% en el año de 2003 (Piedras, 2007). Como es posible observar el intercambio comercial de los bienes simbólicos ha derivado en la consolidación de este sector como uno de vital importancia para el desarrollo del país.

Sin embargo, este éxito económico esta sucintándose con ganancias culturales marginales para amplios sectores de la población nacional. Pues el día de hoy, casi toda la producción de estas obras, está en manos del sector privado. El cual mayoritariamente considera mercancía y no productos culturales, pues los elabora bajo la lógica de mercado y no mediante una labor reflexiva que considere las inquietudes, necesidades y perspectivas de diversos grupos sociales que componen la población nacional.

Otro problema grave es la constante violación a los derechos de autor que sucede cotidianamente a partir del comercio informal, el cual reproduce los contenidos de discos, películas, videos, y libros entre los principales productos; sin pagar por los derechos de reproducción de estas obras de autor. La incidencia del sector informal en las industrias creativas tiene altos costos para toda la cadena productiva. Pues el también denominado sector sombra, no solo reduce notoriamente la derrama económica de este sector; sino también demerita el valor simbólico de este trabajo. Lo cual constituye una fuente importante de legitimación dentro de los gremios en los que se maneja.

En este sentido, el programa nacional no incluye criterio alguno para acometer esta problemática. Esto es preocupante, pues a la par de las prácticas monopólicas esta es una de las preocupaciones que ponen en riesgo el desarrollo efectivo y plural de este sector emergente, el cual podría convertirse en una fuente de bienestar social y recursos económicos para varios sectores de la sociedad.

26 de febrero de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2007-2012. Estímulos públicos a la Creación y Mecenazgo

El desarrollo de las artes es una de las fuentes de enriquecimiento y reflexión más importantes con las que una sociedad cuenta. Sin embargo, sabemos que su desarrollo la mayoría de las veces tiene altos costos financieros y baja rentabilidad metálica. Por lo tanto, siempre se requiere de mas recursos para las producción artística cultural. Los estímulos públicos y privados –entendidos casi en su totalidad como apoyo monetario- a la creación artística son los temas abordados en el cuarto eje de actividades del Programa Nacional de Cultura 2007-2012.

En ocho breves páginas del programa total se cubren todos los aspectos que el plan considera como necesarios, para lograr sus objetivos. Inicialmente plantea mejorar el diseño y evaluación de los programas públicos federales de impulsar el desarrollo artístico. El segundo tema del eje, es generar mejores condiciones para el mecenazgo de terceros ajenos al Estado. Si bien los temas planteados en este eje son de importancia capital, las estrategias presentadas para alcanzar los objetivos en ambos rubros son bastante ambiguas como revisaremos a continuación.

Como primer tema, este eje aborda el apoyo a las artes desde el Estado. El objetivo inicial es la articulación de sus tres niveles de gobierno para alcanzar un mejor diseño y repartición de los estímulos que se proveen a las artes. Además se plantea ampliar los recursos, fomentar esquemas de estímulos diferentes, los cuales estén centrados en el seguimiento de procesos y programas a mediano y largo plazo. Mientras que, en el rubro de las artes populares también se buscará una mayor coordinación con los estados y promover el valor de las artes populares y comunitarias, especialmente en las ciudades. El trabajo a realizar en estos dos temas tiene la ventaja de que existe una experiencia previa, la cual se propone mejorar.
Sin embargo, es bien sabido, que en muchas ocasiones los problemas más severos de selección y otorgamiento de estos programas tiene que ver con favoritismos, clientelismos y otros asuntos derivados de la subjetividad que se cree deben de reinar en el mundo artístico. El programa no aborda claramente estos asuntos y por lo tanto es poco claro si los abordará o intentará eliminar o disminuir estos vicios creados desde las diferentes posiciones de poder existentes en las comunidades artísticas.

La propuesta para el segundo tema: el mecenazgo, resulta más preocupante, por lo escaso del desarrollo que el programa presenta en este tema. Pues si bien los lineamientos generales del programa general buscan una mayor participación de la sociedad civil y la iniciativa privada, los mecanismos para hacerles partícipe del desarrollo de la creatividad en el país, no has sido desarrollados de modo claro y atractivo para estos sectores.

A pesar de que este se presenta como uno de los rubros más innovadores del programa, el desarrollo sobre el tema es bastante escaso. Ya que sólo, se presenta un objetivo y una escueta estrategia donde se menciona como necesario el acercamiento del Estado a este sector y la clarificación de las relaciones existentes entre Estado y posibles mecenas. La vaguedad con la que está escrita esta estrategia, nos hace presumir tibieza para abordar este rubro y que se llegue al 2012 sin un marco claro para la participación de estos actores en el sector. Si este rubro no es atendido con mayor precisión, serán nuevamente las artes las que sufran por la ambigüedad de criterios y no sea posible buscar nuevas formas para su desarrollo.
Finalmente, sin establecer mecanismos o formas organizativas deseables, se menciona brevemente la posibilidad de desarrollar esquemas conjuntos con grupos artísticos para actividades especificas –festivales y montajes de opera entre ellos-. Sin embargo, no se plantean estrategias claras para desarrollar estas posibles relaciones.

En resumen, dada la ambigüedad persistente a lo largo de este eje, podemos decir, que la presentación de la problemática existente, así como las posibilidades de resolverlas a partir de las estrategias planteadas, no pasan de ser más que una declaración de buenas intenciones. Lo cual es lamentable para el sector artístico-cultural pues es el principal afectado, pero también el responsable de buscar que estas declaraciones iníciales, dejen de ser propósitos y se conviertan en realidades.