19 de octubre de 2009

Con lentes prestados

En esta ocasión, presentamos una reflexión de Miguel Sánchez Rojas, compositor, pianista y educador, quien escribió especialmente para el Observatorio un texto sobre la complejidad que implica acercarse a formas musicales diferentes: de la música académica al son jarocho.

Le agradecemos a Miguel que nos regale unas líneas para empezar a dibujar el debate –necesario- entre las perspectivas con las que se evalúa la llamada cultura popular frente a la “alta cultura”.

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Con lentes prestados
Miguel Sánchez Rojas

Cuando un fenómeno es contextualizado en entornos distintos, la óptica y la percepción trabajan igualmente de maneras distintas. En el caso específico de la música, el lenguaje común es ésta misma; no obstante, las referencias adquiridas por medio de las experiencias en torno a ella le agregan ciertos atributos tan particulares como cada individuo que participa en alguna de sus manifestaciones.

¿Se puede hablar de la música como un lenguaje común? En apariencia se podría decir que sí. Sin embargo, todo depende del objetivo que se persiga: el uso del sonido como un medio para transmitir o comunicar algo -si se quiere ver así- sería uno de los pocos nexos que podrían llamarse comunes. No obstante, esta sentencia comienza a perder fuerza en el momento en el que otros factores importantes se conectan al problema.

El sonido por sí mismo no tiene la virtud de expresar. Es la forma en que éste se organiza lo que da sentido y estructura al discurso. Cuando los referentes en torno a dicho discurso se agregan al problema es cuando todo comienza a complicarse. Los elementos rítmicos, las relaciones armónicas, los recursos melódicos y tímbricos persiguen fines distintos dependiendo del medio en el que se encuentran. En un contexto “académico” las reglas establecidas para asociar dichos elementos son el resultado de la experimentación y la evolución de esta tradición a través de los siglos, creando una lógica y un sentido discursivo complaciente para todos aquellos involucrados en esta práctica. Se aprende a descifrar este código por medio de herramientas de análisis que dan coherencia a todos los elementos y es por medio de este proceso que se puede crear una vinculación entre quien propone (crea o recrea) y quien recibe (escucha), pudiendo, entonces sí, transmitir una idea.

Dicha coherencia funciona de forma exclusiva para cada sistema musical, dado que sus elementos están configurados para que así sea. Pero ¿qué sucede cuando se quiere aplicar a otros campos?

Suponiendo que fuera el caso de música tradicional como el Son jarocho, un músico o un escucha de formación académica no podría utilizar sus recursos de análisis y comprensión para entender esta otra forma de hacer música. La tradición y las historias de ambas podrán ser incluso similares en algunos momentos pero nunca iguales, haciendo que el resultado de cada una de ellas persiga fines distintos. Si se insistiera neciamente en imponer las reglas de uno en el otro para comprender, se caería en la desgracia de eliminar completamente el gozo de la experiencia estética.

Supongo que se requiere de cierto nivel de inocencia para conseguir dejarse sorprender por los elementos de una propuesta diferente y sólo así, poco a poco, comenzar la inmersión en un sinfín de posibilidades provenientes de una perspectiva distinta.

Entender la función de cada uno de los instrumentos, la relación entre la métrica musical y la versada así como la complejidad de los ritmos que se agregan desde la tarima son primordiales para el acercamiento de ambas partes. Tanto el ritual del fandango como el de un concierto en algún escenario contienen una serie de elementos específicos que se deben conocer para poder comprender lo que sucede, pues no da igual cantar o subir a la tarima a cualquier momento, ni mucho menos la forma cómo debe hacerse. Las estructuras de las piezas, si bien son semejantes en ambas propuestas, recurren a asociaciones y funciones de sus elementos de manera distinta, dando por resultado otras formas de expresión. Adentrarse en ese código abre las puertas que permiten la entrada en una manifestación distinta de un mismo fenómeno.

Al tomarse en cuenta éstas y muchas otras diferencias y similitudes, se podría comenzar a hablar de un lenguaje común, y partiendo de ese común denominador es que se podría comenzar un intercambio de ideas, recursos, propuestas y opiniones que pueden aportar algo a ambos.

Se me antoja imposible el poder aseverar que la música es un lenguaje común -“lenguaje universal”- dado que la ignorancia de la forma en que se emplean sus elementos en entornos distintos implica la incomprensión. Solamente acercándonos al conocimiento de los códigos podemos asumir la posibilidad de transmitir las formas musicales. Y en esta pequeña reflexión, únicamente he mencionado dos casos dentro de una cantidad casi incalculable de propuestas de usos del sonido…

2 comentarios:

fabiola dijo...

estas analizando parcialmente cada elemento que compone la música, desde dicha perspectiva es cierto que no es universal y que el escucha debe tener conocimiento de ciertos códigos. La universalidad de la música justo radica en eso, en el momento que yo occidental me conecto con cantos mongoles jamas escuchados, que a pesar de no entender el idioma, la melodia me seduce.

Miguel S. dijo...

Fabiola,

Gracias por tu comentario. Creo que los elementos fueron tratados más de una manera integral que parcial.

Con respecto a tu ejemplo, me parece que el asunto es más complicado que simplemente querer reinterpretar o adaptar a la visión personal un código que nos es ajeno.

Básicamente los cantos mongoles funcionan para orar o para narrar historias épicas, si tú al escucharlos no entiendes estas historias o no entras en un estado espiritual entonces el objetivo de estos cantos no es cumplido. El hecho de que una serie de circunstancias haga que disfrutes mucho de ellos, no necesariamente crea -según yo- el vínculo primordial, perdiendo así esa característica universal.

Saludos.