28 de abril de 2008

21 de abril de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2001-2007. El agregado de la lectura

En esta ocasión, Lourdes Hernández Quiñones se une al blog y nos ofrece una análisis puntual sobre el eje seis del Programa Nacional de Cultura, nombrado Esparcimiento Cultural y Lectura. Bienvenida, Lourdes, y que sea la primera de muchas más.

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Al revisar el Programa Nacional de Cultura 2007-2012 es inevitable dirigirse al prefacio y la introducción que allí se formulan, aunque el interés se dirija a lo relativo al fomento a la lectura. Claro, las palabras ocupan un buen espacio cuando se habla de patrimonio cultural. El gobierno federal no oculta su interés especial por este tema, principalmente cuando tiene que ver con el turismo.

En el prefacio se hace mención-ya de pasadita-de la importancia del fomento a la lectura, puntualizando que las carencias en este sentido no son responsabilidad de la escuela, ni de las “políticas editoriales y bibliotecarias gubernamentales puestas en práctica hasta ahora”. ¿Entonces quién es responsable de que existan todavía hoy más de 4 millones de analfabetas en el país? En fin, como para lavarse las manos, se menciona en el documento que cada vez es más urgente la participación comprometida de la familia y la sociedad. Claro que ésta sería parte de la solución: la lectura en casa, con la familia; sin embargo, la mayoría de los hogares en México no cuenta siquiera con un libro. ¿Así pues, por dónde empezar?

Ocho son los ejes de la política cultural definidos en este programa. El que tiene que ver con el libro y la lectura ocupa el sexto lugar y lleva por nombre Esparcimiento cultural y fomento de la lectura. Es curioso, porque al iniciar la exposición se habla de que la cultura debe tener una presencia más intensa en el tiempo recreativo de los mexicanos. ¿Cuál cultura? Creo que parte de los desaciertos y omisiones del Programa Nacional de Cultura 2007-2012 está en considerar la cultura desde un punto de vista tradicional, lo que reduce su significado. Lo anterior podríamos argumentarlo al sostener que el deseo de este programa se cumple, cuando la mayoría de la población invierte su tiempo de ocio en la cultura que se transmite cotidianamente a través de los medios de difusión masiva: la radio, la televisión. Es decir, a través de las industrias culturales. ¿Ésta es toda la cultura que el gobierno federal desea para sus ciudadanos?

Desde que se introduce al eje 6, da la impresión de que la lectura fue un concepto del cual se acordaron los hacedores del programa y consideraron que el único lugar donde podría entrar, sería el del esparcimiento cultural.

Para sustentar sus objetivos y estrategias, se hace referencia a los indicadores resultantes de la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumo Culturales que arrojan información tal como la existencia de 600 librerías en todo el país; la lectura promedio de 2.9 libros al año y la realidad de que uno de cada cuatro habitantes no tiene libros en su casa ni ha visitado una librería. Así, se concluye que la lectura de libros de literatura es más frecuente entre la población con estudios universitarios y niveles socioeconómicos más altos. ¿Qué propone el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ante tal problemática? El objetivo específico establece: “Situar a la lectura y al libro como elementos fundamentales para el desarrollo integral de la población, para su educación, su acercamiento a las expresiones de la cultura y el desarrollo de una conciencia crítica, diseñando programas y estrategias para la formación de lectores, y de vinculación de la educación formal con el fomento a la lectura”. En este sentido se propone revisar el programa Salas de Lectura para optimizar su funcionamiento; aprovechar la radio y la televisión para difundir programas, cápsulas y promocionales que fomenten la lectura; aprovechar la Red Nacional de Bibliotecas y las librerías como lugares estratégicos para el promover la lectura…ni una palabra en torno a cómo la familia podría involucrarse en esta tarea…

Claro, una sola acción no es la solución. Pero la suma de varios agentes sí puede ser determinante. Falta, pues, que el gobierno federal asuma que tanto el esparcimiento cultural como la lectura, tienen sus raíces en el hogar. Un niño que se acostumbra a ver libros, a asistir a conciertos, obras de teatro y talleres, se apropia de la cultura y la vive con naturalidad, no la siente como algo extraño. Lamentablemente es un factor con poca atención. Habrá que considerar, asimismo, en lo referente al consumo cultural, no sólo las cifras y porcentajes, sino factores sociológicos, antropológicos, que condicionan dicho consumo. ¿Por qué la gente prefiere comprar libros en los puestos de periódicos, en los supermercados? ¿Por qué las librerías, los teatros, se ven como recintos prohibidos para un amplio sector de la población? Ojalá los gobiernos estatales diseñen estrategias con imaginación. No bastan leyes de fomento al libro y la lectura si se quedan en el papel. La complejidad del compromiso con el desarrollo social y su vinculación con el fomento a la lectura es ya inaplazable.

14 de abril de 2008

Intermedio



Imagen: Kgakilhtamakú (La bóveda celeste). BEATRIZ LEAL (Cerro Azul, Ver.)
Instalación orgánica en Cumbre Tajín 2007, Papantla, Veracruz. México

7 de abril de 2008

Miradas al Programa Nacional de Cultura 2001-2007. Cultura y Turismo

Dentro de los distintos apartados que constituyen el Plan Nacional de Cultura 2007-2012, se aprecia un especial interés por darle visibilidad (y en principio encontrar soluciones) a un problema estructural derivado de la verticalidad inherente a nuestro sistema político: la falta de coordinación entre los tres niveles de gobierno y los actores locales en la puesta en marcha de proyectos. El Eje 7 del Plan, nombrado Cultura y Turismo, no es la excepción.

Este apartado, dedicado a uno de los temas que mayor relevancia tiene hoy en día al hablar de beneficio material derivado de la acción cultural, posee la virtud de enumerar los riesgos que se corren cuando se proyecta una política que pretende equilibrar el plano de lo económico con el plano de lo simbólico. Se reconoce que la relación entre ganancia y preservación del patrimonio no es tersa sino más bien de enfrentamiento, que la importancia del sector no ha conseguido afirmarse (apenas el 5.5% del turismo nacional y el 3% del turismo extranjero) y que el papel que ha jugado el CONACULTA, a través de la Coordinación Nacional de Patrimonio Cultural y Turismo (creada en 2001), no ha sido del todo eficaz. El texto de este apartado menciona que no ha habido delimitación de las funciones correspondientes a la Coordinación, y que ésta carece de una integración formal de sus actividades con el resto de las entidades que conforman el Consejo. Al mismo tiempo, y si leemos con ojos suspicaces, se admite que existe una cierta esquizofrenia en la personalidad misma de la Coordinación dado que parte de sus actividades debe de armonizarse con el trabajo de la Secretaría de Turismo, mientras que por otra parte sus trabajos se dirigen hacia organismos culturales (de lo cual se infiere que los objetivos no han sido concordantes).

En este listado de riesgos y fallas, resulta en cierto modo sorpresivo constatar que, al igual que en otros apartados del Plan, el Instituto Nacional de Antropología e Historia recibe una fuerte crítica al no poder cumplir con el rol del juglar que mantenga el equilibrio con todas las pelotas, puesto que la entidad debería –según la visión que ofrece el documento- negociar la promoción y el uso del patrimonio entre los distintos actores: “la coordinación de esfuerzos y recursos en materia turística por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia con los tres niveles de gobierno ha sido errática, parcial e insuficiente, pues si se parte del enorme potencial de nuestra riqueza cultural, habría que reconocer que no se ha sintonizado con la formulación de políticas de promoción y capacitación adecuadas.” Crítica que parece injustificada, si tomamos en cuenta que el INAH, pese al carácter de garante del patrimonio que ostenta en la Ley Orgánica que lo rige, no posee capacidad jurídica para generar líneas de acción destinadas a la promoción turística, aun si en los últimos tiempos se ha acondicionado un área destinada a los “paseos culturales”, suerte de circuitos turísticos que se promocionan bajo la línea del llamado Nuevo Turismo Cultural del INAH: http://www.inah.gob.mx/mener/index.php?contentPagina=9

Todo este mea culpa lleva a pensar que existe una serie de deslizamientos conceptuales, siendo el más importante de ellos el que homologa Patrimonio con Bien Cultural. Como ya se había mencionado en el post anterior de este blog, al parecer la lectura que se hace sobre el Patrimonio parece estar dirigida hacia el conservacionismo y la preservación, a la memoria materializada, sin tomar en cuenta la emergencia de nuevas formas de acción cultural que son susceptibles de crear contenidos asimilables a su vez por el turismo. Como lo ha mencionado Ana Rosas Mantecón, se está dando lugar a una verdadera “industria del patrimonio”. Por supuesto, como ella misma lo afirma en un artículo publicado en el libro Retos Culturales de México frente a la Globalización, no todas las expresiones culturales son apreciadas de la misma forma, ni están de la misma manera disponibles para todos. Por ello, el Patrimonio juega un papel fundamental en la nueva promoción turística, dado que los sitios arqueológicos, las construcciones históricas, los museos y aun las representaciones folclóricas permiten un juego de escenificación fácilmente accesible para un consumidor medio. Sin embargo, en muchos países las expresiones populares –algunas veces asimiladas al Patrimonio Intangible- (festividades, música y danza) y la creación contemporánea (contenida y/o representada en museos, galerías y teatros) forman parte de los bienes culturales promovidos en la oferta turística. El Patrimonio es observado, desde el texto que nos interesa, como un “recurso no renovable”, lo cual excluye, a priori, las manifestaciones en vías de creación.

Por otra parte, cuando se habla sobre la falta de coordinación entre los niveles de gobierno y los actores locales para generar proyectos, se afirma que esta negociación es necesaria, por supuesto, para lograr “mayores oportunidades de desarrollo”. El problema radica en que, si lo que se pretende es luchar contra la pobreza en zonas que gozan de “alto valor cultural”, lo que se está proponiendo es una relación lineal entre prestadores de servicio y consumidores de servicio. Dentro de los objetivos y las estrategias de este Eje, encontramos propuestas como el fomento y desarrollo de productos culturales, la sensibilización de los actores locales hacia el turismo, la generación de manuales de capacitación, la difusión en grandes medios de comunicación y la creación de guías de turismo adaptadas. Nada de esto suena mal, salvo por el hecho de que estamos hablando de contenidos simbólicos y de diferencias, en ocasiones abismales, entre las regiones y sus modos de vida. La falta de coordinación entre los actores institucionales, y las comunidades conlleva el riesgo no solamente de volver ineficaz un proceso productivo, sino también de generar tensiones al interior de los grupos locales. Cuando se objetiva una manifestación, o se le da preferencia a un “lugar de memoria” sobre otro, en función de su valor de uso turístico, esto probablemente origine conflictos y/o nuevas formas de disparidad entre los habitantes de una región. No existen recetas mágicas contra esto, pero la mera capacitación de los habitantes de un sitio susceptible de devenir turístico no paliará el impacto que pueda tener una mala planeación carente de definición sobre lo que las comunidades pueden y quieren gestionar de su propio patrimonio.

En el Eje 7 del Plan Nacional de Cultura se incluyen como estrategias la promoción del respeto a las formas de vida originarias, y a la participación activa de las comunidades: creemos que estas dos frases, tan simples e ingenuas, deben constituir la base de una política de Turismo Cultural que se extienda hacia la autogestión con base en el diagnóstico que los mismos actores locales puedan realizar sobre sus bienes culturales. De esta forma, la articulación entre los agentes institucionales podrá traducirse, ahora sí, en apoyos verdaderamente productivos.

Ps.
Pensando en la valoración de la riqueza cultural, en el disfrute de los habitantes locales de su propio patrimonio, y en la apreciación que tienen los turistas sobre este mismo patrimonio, reflexionemos: ¿qué pasa con el Carnaval de Veracruz?