7 de enero de 2013

De raíces y fronteras: sonoridades jarochas afromexicanas en Estados Unidos

Primer texto de este año...

Iniciamos deseando a quienes siguen nuestras publicaciones un muy Feliz Año 2013.  Anhelamos de todo corazón que las expectativas que cultivamos sobre un mundo más informado, consciente, justo se transformen, aunque sea un poquito, en realidades esperanzadoras.

Iniciamos este nuevo ciclo, a sugerencia de algunos de nuestros lectores, con la publicación de artículos y textos académicos de los miembros del Observatorio y colaboradores habituales; textos que debido a la distribución editorial o a la ausencia de digitalización no son obtenibles fácilmente.

Esta semana tocara el turno a la primera entrega del capítulo "De raíces y fronteras: sonoridades jarochas afromexicanas en Estados Unidos" contenido en el libro La migración y sus efectos en la cultura, editado por CONACULTA en su colección Intersecciones y publicado en junio de 2012.  

En este texto escrito por Ishtar Cardona se analiza el proceso de articulación entre construcción identitaria y prácticas culturales en un contexto específico: la presencia del son jarocho en Estados Unidos. 

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De raíces y fronteras: sonoridades jarochas afromexicanas en Estados Unidos
Ishtar Cardona

(Primera de cinco partes)








We're here, they're there. They're here, we're there.
Tomas Ybarra-Frausto

Introducción

Este texto pretende reflexionar sobre las definiciones identitarias contenidas hoy en día en las prácticas artísticas y las expresiones culturales originadas en el imaginario híbrido mexicano, sobre los procesos de recreación de lo propio y la construcción de manifestaciones que traspasan las dicotomías de lo regional/nacional, nacional/trasnacional en el actual contexto de flujos migratorios.

La construcción de la identidad nacional en México favoreció el establecimiento de enclaves de mestizaje, lugares de cruce donde dos o más raíces dieron origen a una misma estructura que, en algunos casos, devino imagen estereotipada y susceptible de ser instrumentada más allá de lo local. En el caso de las regiones ligadas al espacio Caribe, la presencia de aquello que ha sido etiquetado como africano, indio y europeo se confronta hoy en día a la revisión de su propio sentido, así como a otras presencias que en la interacción construyen nuevas representaciones e imaginarios: la región se desborda de su referentes históricos y se recompone en el juego asimétrico de lo nacional y lo trasnacional.

Las expresiones de cultura popular y las búsquedas artísticas resienten y manifiestan estas transformaciones. Las fiestas, la música, la danza, las artes plásticas, los cantos, el teatro y la literatura dan cuenta de estas nuevas dinámicas, y los creadores culturales, quienes reproducen, experimentan y recrean en lo simbólico, se tornan sujetos y actores del cambio.

Como muchas expresiones populares actuales, el son jarocho, género musical originario de la costa atlántica de México, atraviesa un periodo de auge y proyección dentro de la escena de las llamadas músicas del mundo. Este auge se debe entre otras causas al trabajo de rescate de la memoria local que algunos colectivos han puesto en marcha durante los últimos treinta años: asistimos al nacimiento de actores que se autodenominan integrantes del Movimiento Jaranero o Movimiento Sonero, músicos que pretenden volver consciente el proceso de creación musical y darle visibilidad a una estética regional de cara a la apropiación que de este género hizo uso durante décadas el Estado Nacional.

Sin embargo, no podemos decir que estemos presenciando un retorno unilineal del viejo son jarocho: las lecturas que se realizan sobre la tradición y qué hacer con ella son múltiples. Si bien es cierto que es posible delimitar una cierta narrativa histórica del son jarocho común a todos los integrantes del movimiento, también es cierto que las filiaciones estéticas y la experiencia de los actores difieren. Las múltiples pertenencias identitarias, el mercado y la acción cultural en el contexto de las comunidades transnacionales a su vez devienen elementos de análisis necesarios para comprender cómo se reconstituye actualmente la noción de “tradición” y cómo las contradicciones la transforman en punto neurálgico, barrera y puerta de entrada a la vez para la comprensión y consolidación de un género que se busca a sí mismo más allá de su lugar de origen, del otro lado también...
 
Cruzando la línea, la nostalgia

El son jarocho experimentó, posterior a la construcción del regimen político post-revolucionario, un cambio de escenarios que lo llevaría a transfigurarse a lo largo de los años. El Son Jarocho es producto del mestizaje, o en todo caso hibridación, de distintos universos culturales (arabo-andaluz, nahua, africano, napolitano, canario), además de que ha recibido distintas influencias y se ha movido en contextos diversos a lo largo de la historia de su constitución, del siglo XVIII según las primeras fuentes históricas hasta nuestros días. Sin embargo, esta múltiple adscripción no se ha detenido en la mera estructuración de una narrativa estética, sino que ha abierto el juego múltiple de espejos de las pertenencias identitarias.

Recordemos que la música de Veracruz experimentó un primer cambio de escenario –y por lo tanto de códigos de representación– hacia la década de los años cuarenta: la campaña electoral de 1946 que llevaría a la presidencia a Miguel Alemán se realizó a ritmo de son a fin de neutralizar las acusaciones de entreguismo al capital extranjero que se le hacían al candidato veracruzano del flamante PRI. Ya hacia los años treinta, la creación de una zona de extracción petrolera en el sur del estado había provocado procesos de recomposición social que necesariamente afectaron las formas tradicionales de vida. Pero es la incorporación del son jarocho al repertorio de manifestaciones culturales administradas desde el Estado lo que va a originar su alejamiento de la raíz comunitaria y su consecuente folklorización. Esta administración de una expresión regional localizada, como tantas otras en el caso mexicano (el mariachi, la charrería, la artesanía), operó como vaso contenedor de las proyecciones identitarias necesarias a la conformación de un discurso nacional, y fue asumido efectivamente, por el conjunto social.1