15 de agosto de 2011

¡Devuélvanme mi Puerto!

Devuélvanos nuestro Puerto. Caterina Camastra escribe desde la frustración de todo el Observatorio: nuestros espacios de vida no le pertenecen a unos cuantos, por el poder de la violencia y del miedo. No a las balas. Sí a la música y los árboles.
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¡Devuélvanme mi Puerto!
Caterina Camastra


Érase una vez un puerto. Un puerto presidido por una antigua fortaleza junto a las torres de containers de los muelles de carga. Tenía los problemas comunes de muchas ciudades, problemas de mala administración, mala conservación, nula planeación urbana. Los pocos edificios históricos, placitas y jardines sobrevivientes, en medio de la decadencia, la cementificación y la especulación edilicia, daban al centro de la ciudad el aspecto de un baúl volcado por algún descuidado pirata, desperdigando las joyas sin orden ni concierto.

Aparte, como todos los puertos del mundo, era un lugar propicio para tráficos y trapicheos, tenía su hampa y era normal y medianamente peligroso. Había atracos y pleitos de cantina. Había calles de esas de andarse con cuidado. Había también mafiosos de alto calibre y tejemanejes en la aduana. Había policías corruptos que hacían su agosto en carnavales, deteniendo a cualquiera con cualquier pretexto e hinchándose de mordidas.

Pero mi Puerto también era alegre y entrañable. Había gente risueña, bromista y bullanguera. Había pregoneros de nieves y volovanes, turistas de paseo por el Malecón, tintineo de cucharitas en el Café de la Parroquia. Y había música, mucha música. Había danzón en el Zócalo y son cubano en el Portal de Miranda. En los otros Portales había norteños y marimbas y boleros en festiva cacofonía. Había jarochos de blanco y fandangos de colores. Uno iba al Puerto a echar fiesta, a ver el mar y a gozar la especial belleza de la brisa en el palmar, como dice la canción.

Y ahora resulta que ir al Puerto a un concierto del Festival Afrocaribeño, como yo estoy haciendo en este momento, increíblemente se vuelve más que un asunto de esparcimiento y recreación, casi casi un acto de resistencia civil. No me resigno a ver mi querido Puerto musical sangrado por balaceras a la orden del día, desgarrado por la violencia, marcado a fuego por una Z que no es la del Zorro vengador, sino la de una jauría de criminales desalmados crecidos a la sombra de los poderes conniventes. No me resigno ante el Boulevard y el Malecón que languidecen en el silencio y el vacío, recorridos por los fantasmas de sus paseantes ahuyentados. Voy con cierta aprensión a un concierto que iba a ser al aire libre, junto al mar, y ha sido cambiado al encierro supuestamente más controlable y seguro del Auditorio Benito Juárez. A ver cómo me va.

***

Al otro día constato que viví para contarla. No pasó nada, no me tocó balacera. El concierto se llevó a cabo sin incidentes en un Auditorio rodeado de camionetas y numerosos efectivos de la policía del Estado. Casi aventuro a decir –soy pésima para los conteos– que había más policías que público asistente. El recinto lucía despoblado, pese al entusiasmo de los que sí estaban. Un encierro climatizado y resguardado por hombres con metrallas no se compara al aire libre del Malecón.

En el fandango que se armó después, platiqué con el dueño del patio trasero donde nos encontrábamos: un jardincito cercado por una barda alta, un oasis de paz en una ciudad que parece ya vivir con toque de queda. “Nos están robando la ciudad, el Puerto que es de nosotros y de todos los viajeros”, dijo él. El fandanguito tomaba visos, más que nunca, de afirmación de una resistencia ciudadana en contra de la violencia y el miedo. Unas horas más tarde, en una madrugada desierta, recorrí a pie las pocas cuadras entre la casa de mi amigo y la terminal de autobuses sobre la Alameda de Diaz Mirón, entre la presencia silenciosa y solemne de los grandes árboles, los mismo que el enésimo proyecto de mala gestión urbana pretende talar. La idea de cortar uno solo de los gigantes que bordean el camino, imágenes de la quieta y sólida sensatez de la naturaleza en el medio de una ciudad convulsa, parece resumir toda la locura de estos tiempos que nos tocaron.

Devuélvanme mi Puerto. Devuélvanos a todos nuestro Puerto jarocho y su cumbancha. Y dejen en paz sus árboles.

3 comentarios:

eneas dijo...

No pude asistir al afrocaribeño el domingo, el "granadazo" me dejo encerrado en casa. Militares y policías en las calles aledañas al acuario. Me asaltaron la semana pasada!Vivo temporalmente en el puerto por trabajo y en verdad, no veo la hora en que termine mi contrato y regrese a casa.

Colectivo dijo...

De Raúl Serrano Lara:

Devuelvannos nuestro Puerto, duele ver la manera en que lo estan mutilando.

daniel trejo dijo...

y todo por intereses de unos cuantos!